Mensaje desde la Distancia
Reflexión
Hay un ejercicio mental que pocas veces nos permitimos: vernos desde afuera. No desde la opinión del vecino, ni desde el juicio del historiador, ni desde la lente del noticiero. Sino desde una distancia real. Cósmica.
Si pudieras flotar sobre la atmósfera y mirar hacia abajo —sin banderas, sin idiomas, sin fronteras dibujadas— lo que verías no se parecería en nada a lo que discutimos todos los días.
Verías una especie diminuta, asomada a una esfera de roca y agua, girando en una oscuridad que no tiene nombre. La única cosa en billones de kilómetros que es capaz de pensar, de crear, de preguntarse por qué existe. Y que, sin embargo, dedica la mayor parte de su energía a destruirse a sí misma por diferencias que, desde esa distancia, no existen.
Pensé en eso durante mucho tiempo. Y luego escribí algo.
No es un artículo. No es una opinión política ni una reflexión filosófica. Es un mensaje. El que yo creería que debería escuchar cualquier ser que tuviera la oportunidad de hablarle a todos al mismo tiempo, en cada idioma, en cada rincón.
Lo construí como una experiencia, no como un texto. Porque hay cosas que no se pueden leer deprisa. Necesitan silencio, necesitan pantalla completa, necesitan que el cuerpo se quede quieto mientras las palabras van llegando.
Cuatro minutos. Pantalla completa. Silencio.